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Historia

La primera vez que recuerdo haber visto estas tierras, era apenas un niño y las tierras resecas, pedregosas y de matas bajas y dispersas me parecían el desierto más extenso que podía imaginar. El amarillo de la arena y el gris de las piedras contrastaban con el claro azul del cielo, que variaba del más celeste a la tarde, pasando por los fucsias y naranjas de la madrugada y el ocaso, hasta el azul casi negro de la noche. Los colores permanecen, pero hoy el Valle del Uco, y en especial la zona del Agua Amarga, como acá la conocemos, ha cambiado su paisaje drásticamente.

Donde antes había surcos y piletones llenos de agua tratando de apaciguar al clima feroz, ahora se ven complejos sistemas de riego por goteo y espalderos verdes llenos de racimos. A mí me tocó vivir ese cambio, ver el paisaje cambiar gradualmente. Quizás es por eso que, en mi opinión, este lugar todavía conserva la frescura de un vergel y que ha sabido incorporar la magnificencia de un palacio. Esta quizás sea mi historia hoy, que, como todas, se repite. Hace cien años llegaba a estas tierras mi abuelo, Francisco Hinojosa, e imagino que veía este paisaje de un modo parecido al mío, sólo que aún más desértico, totalmente abandonado, sin aborígenes que lo habiten ya, replegados del lado chileno de la cordillera, y sin plantaciones que aprovechen su particular clima de oasis: de días altamente cálidos y de noches frescas.

Tiendo a pensar que fue mi abuelo Francisco, “El Pichón”, quien primero se deslumbró como entonces me deslumbraba yo, y fue él quien entonces empezó a plantar vides en este suelo duro, confiando en que las plantas de vid se adaptarían perfectamente a las inclemencias de nuestro clima. Pasaron los días y El Pichón, por el efecto del paso del tiempo en su propio cuerpo, ya no pudo trabajar más en el campo, y decidió dividir sus

tierras entre sus cinco hijos, eligiendo para cada sector en que con alegría y nostalgia dividía sus tierras, un color en particular. Sí, a mi madre le tocó el Azul, el color del cielo que entonces elegimos como nombre. Hoy en día, Shirley Hinojosa, hija del Pichón, y madre mía y de mis dos hermanos, Alejandro y Ezequiel, es la conductora de este proyecto agrícola, que se dedica especialmente al cuidado de las vides, duraznos y ciruelas que siembran el suelo que todos los días pisamos. Lo que en 1991 era monte y unas 20 hectáreas de parrales, hoy es una extensa finca poblada no sólo por plantas y hombres que las trabajan, sino también por caños y motores que propulsan el riego por goteo, alambres y palos que sostienen las mayas antigranizo y otros elementos tecnológicos que dan, en el siglo XXI, un impensado cuidado, para aquellas épocas, para cada una de las vides y frutales. Aunque con una apuesta fuertemente productora hacia la matriz alimenticia y vitivinícola, Finca La Azul dedica un porcentaje anual de su cosecha a la producción de sus propios vinos, producidos en Bodega La Azul, instalada en el extremo Oeste de la Finca desde 2003, y acompañada por un Restaurant Criollo que cocina y recibe al turismo y los locales desde 2011, atendido por Ezequiel, mi hermano del medio.

Es un honor para nosotros empezar este nuevo ciclo que representa Finca La Azul, Casa de Huéspedes, un espacio íntimo en el corazón de la Finca, entre viñedos y frutales junto a nuestra propia casa, destinado simplemente al goce de nuestros visitantes. Shirley, quien vive y trabaja la Finca, los estará esperando para recibirlos en estas cómodas habitaciones, para hablar del vino, para disfrutar del paisaje, o simplemente, para ofrecerles nuestra casa.

Tomás Augusto Fadel Hinojosa